Cambios en la vivienda


Uno de los cambios más notables que ha sufrido la vivienda de nuestros pueblos es el que, por lo demás, se ha dado en la vivienda en nuestra época respecto a épocas anteriores: se ha convertido en capital, o sea, en riqueza. Aunque esto parezca una verdad de perogrullo conviene analizarla.
Admiramos nuestros pueblos manchegos por la belleza sencilla de su caserío homogéneo y sus familiares calles pintorescas sin apenas tráfico. Su espacio urbano simboliza todo lo contrario de lo que significa el de la ciudad de la que venimos: un espacio de relación más que de circulación. Nos gustaría poder vivir en el pueblo y desplazarnos a la ciudad solo para trabajar o adquirir nuestros habituales bienes de consumo. Pero olvidamos una cosa, ¿cuál es la causa de que nuestros pueblos sean así y no parezcan ciudades? La respuesta es sorprendente: que están muertos, que aunque sobrevivan son meros restos de una vida que se ha ido.
Pensamos que es cuestión de volver a ocupar sus casas. Pero no es cierto. Porque si conseguimos, lo que es poco probable, volver a ocupar sus casas con tanta gente como se fue nos encontraremos con que ya no nos sirven. Habrá que transformarlas. Nos gustarán sus muros de tapia, pero querremos más espacio, necesitaremos transformar en vivienda sus cuadras y en jardines sus corrales, y querremos transformar la cámara en un segundo piso para los dormitorios. En suma, y aunque no seamos conscientes de ello, querremos una casa que responda a unos determinados parámetros del mercado nacional de viviendas.
Nada que ver con las casas que tenemos delante, que fueron construidas por unos campesinos cuya riqueza estaba en los campos que cultivaban y sus casas, siendo importantes, lo eran solo por las necesidades que cubrían. Eran, por decirlo de algún modo, un instrumento más del trabajo de cada vecino que dedicaba su vida a dar valor a la tierra que cultivaba, su verdadero capital, aquél en el que principalmente pensaba a la hora de repartirlo entre sus hijos el día que muriera. Pero hoy la tierra a la que servían esas casas apenas vale nada y lo que vale es, por el contrario, la casa sin tierra, el volumen construido y orgulloso que proclama por nosotros: "¡aquí vivo yo!". Es decir, justo lo contrario. Jamás aceptaríamos mirarla como un objeto solo útil para una tierra que ni vemos ni valoramos salvo como paisaje común y gratuito a disfrutar en nuestros ratos de ocio.
De aquí se derivan muchas consecuencias. La principal es que nuestros pueblos, si sobreviven, caminan hacia un destino que no nos podemos imaginar porque es muy distinto del que tenemos en nuestra imaginación cuando los visitamos. También se derivan de aquí las principales tensiones que hoy existen en el urbanismo del pequeño municipio y que generan gran frustración, porque el urbanismo en ellos se siente tan necesario como exige condiciones que el nuevo vecino, convertido en verdadero "propietario", no puede aceptar.

(Imagen tomada de https://subastasregents.com/casas-de-pueblo-oleo-sobre-tabla-firmado-sxx-2549.html)



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